La estación
Yuri Herrera
La estación del pantano*
Lo último que se le aparece con claridad fue aquella noche cuando volvía del taller y pasó frente a un teatro al que entraban y del que salían dos corrientes de gente claramente distintas: formal la que salía, hombres de sombrero sensato, mujeres que antes de pisar la banqueta se quitaban las zapatillas para no arruinarlas; más coloridad, de caras y de ropa, la que entraba, y como contoneándose.
Sabe por qué no se dijo ni por un segundo que cómo, que no, que, a sus años, nomás se hizo chiquito, literalmente se hizo chiquito, como lo era cuando llegó a Oaxaca sin saber modales ni castilla y se metía donde no lo llamaban, a curiosear o a comer, sin que lo vieran. Si algo había descubierto entonces y comprobado el resto de su vida era que no bastaba hacerse invisible, que había que hacerle creer a los señores que también era invidente, para que no se sintieran tocados ni por el roce de una pestaña. Se escurrió entre los que ya habían pagado y entró al teatro, no al teatro-teatro, debía de haber ópera, pero había terminado temprano para eso: un salón enorme en el que habría diez veinte treinta no más como treintaitantas parejas bailando quadrilles, y luego bailando polkas y luego bailando mazurkas. Alrededor del baile había mesas a las que casi nadie se sentaba, con gente coqueteando alrededor, tragos en mano. Había otros salones, brazos del salón mayor, con más mesas, pero a ésas la gente sí se sentaba a jugar juegos y a seguir coqueteando. Y todo mundo estaba borracho.
Salió de ahí aprisa y con ganas de quedarse, como le había pasado tantas veces en lugares que no estaban hechos para él. Este exceso, este exceso terrible, este exceso resplandeciente; no podía quedarse ahí, no podía irse de ahí. Qué devoción al exceso era posible después de ésa.
A una cuadra había otro teatro. Esa vez ni sintió el nervio de la transgresión, se hizo chiquito y se metió con la gente, ahora sí a una sala de conciertos, ahí no había soirée danzante. Pero en el primer nivel no había manera de confundirse con la pared; un cancerbero lo detuvo cuando iba a entrar, le señaló una escalera; subió a la galería.
El escenario estaba lleno de un solo instrumento, diez pero el mismo. Pianos. Diez pianos. Nueve en semicírculo, cada uno con su respectivo pianista ya sentado en su taburete, y otro piano al centro sin ocupar. Qué es esto. Un hombre de levita salió al escenario y se inclinó ante el público, que le aplaudió fervorosamente, aunque todavía no hubiera hecho nada.
–Gottschalk –dijo alguien a su lado, con reverencia.
Conocía el nombre, pero no de hechos.
Gottschalk se sentó al primer piano y empezó a tocar tímidamente, como alguien que se asoma a una puerta, y luego a pespuntear notas suaves, como quien traspone la puerta a saltitos, enseguida tomó confianza como quien toma confianza y empezó a correr las manos por todo el teclado, no le fueran a robar alguna tecla, y de pronto hizo una seña y un segundo piano comenzó a telegrafiar una melodía más distraída hasta que reparó en esa otra y se le unió y luego uno a uno los otros pianos se empezaron a sumar, caóticamente, hasta que se sincronizaron en una canción patriota, el público todo se puso de pie y se tocó el corazón, cantando, y luego, de un sobresalto, nueve pianos se callaron y Gottschalk empezó a tocar la obertura de Don Giovanni, pero lo interrumpió el segundo piano tocando la obertura de Norma, y el público rio y luego todos comenzaron a tocar juntos como en el café, pero con pianos, diez pianos, otras oberturas. Igual que allá, fue una canción continua y absurda, Gottschalk silenciaba a unos pianistas y facultaba a otros, uno tras otro, los diez, sin parar. El público aplaudía en cualquier momento, gritaba, se volvía parte del concierto.
Nunca había visto algo así. Quién había visto algo así.
¿Fue esa misma noche, al volver conmocionado de música?
O fue a la siguiente
o fueron varias veces siguientes
o una semana después
que Ocampo se le acercó sonriendo, con un vasito elegante, inofensivo, lleno hasta el tope, y le dijo:
Pruébalo
le dijo
no es licor
le dijo
es ajenjo
le dijo:
Sobrevivirás.
Era una pelea de osos. Estaba en una pelea de osos. Dos osos negros sometidos con una argolla por un hombre blanco al cabo de una cadena. Los osos rugían y se tiraban zarpazos echando el cuerpo hacia adelante. Si dejaban de hacerlo, el hombre los instigaba con un palo. Una multitud los cercaba a gritos. Otro hombre tomaba apuestas.
Salió del círculo a empujones y buscó a alguno de los suyos. Ninguno estaba a la vista. ¿Cuándo los había visto por última vez?
Hubo un café, ahí estaban todos juntos. Cuándo. No ese día. Cuándo. Habían bebido café. Mata invitó luego una ronda de buisquis, él dijo que no, Arriaga invitó la segunda, él dijo que no, Ocampo invitó la tercera, él dijo que no, a él le tocaba la cuarta y es probable que la probara por cortesía, ¿o quizá fue la primera que le llevaron la que probó?, no hubo quinta ronda no tanto porque Pepe no tuviera para invitarla, sino porque
hubo un flamazo que vieron desde ahí, salieron corriendo, siguieron el relumbre varias cuadras hasta encontrar el edificio quemándose, y a unos metros Arriaga dijo Dios mío, yo sé qué es esto, es un orfanato de niñas; apenas lo había dicho cuando las vio salir despavoridas, y luego llegó mucha gente que sabe de dónde sacó cubetas y cubetas de agua que la gente se pasaba en filas formadas espontáneamente para tratar de apagar el fuego, hasta que llegaron los carros de bomberos, sus caballos tirando de ellos con furia, como si fueran a apagar el fuego de un bufido; todo eso lo vieron él y los otros, sí, ahí todavía estaban los otros, ya no estaban cuando lo del muerto, porque
hubo un muerto, cuándo, iba con Pepe nomás, de mañana, habían terminado caminando por el levee, que estaba saturado de niebla, y se toparon con una pequeña multitud de gente resacada haciendo bola junto a una pasarela; alguien se había caído entre dos barcos y en lo que se daba cuenta y empezaba a chapotear los barcos ya lo habían destripado, y alguien estaba tratando de rescatar sus tripas como si todavía fuera un hombre; eso no lo vieron los otros, a los otros los vio todavía en otro lugar,
hubo otro lugar, dónde, no era un café, era más oscuro y enclaustrado, no olía a café, a qué olía, a qué olía… Válgale, era un burdel, era un burdel, nunca había estado en uno antes, pero esa manera de las parejas de querendonearse en público no podía suceder sino en un burdel; malditos desgraciados, ladinos, a él siempre lo habían tachado de indio ladino, y vea nomás, ¿de quién había sido la idea? Le pareció ver a Ocampo en algún momento, pero lo perdió; en otro a Arriaga, y que Arriaga también lo había visto, pero ¿se le había escondido? ¿Se le había escabullido, Arriaga? ¿Cuánto tiempo se había quedado ahí? ¿Había sido el día que fue al taller y luego no volvió, por andarse deslumbrando en el viejo cuadrante?
hubo que anduvo deslúmbrese y deslúmbrese con la tienda de daguerrotipos que uno podía ver por las ventanas, con un desfile de bomberos que iban tocando sus instrumentos y que la gente aclamaba como héroes, y con globos aerostáticos sobrevolando la ciudad. Antes de salir a esa entrega que quién sabe cuánto duró, aparentemente todavía duraba, vio la fecha en el periódico del taller, Mañana empieza la cuaresma, se dijo, miércoles de ceniza, no le pasó por la cabeza que ese día era Mardi Gras; leyó la noticia de un bígamo llamado a cuentas, de varias mujeres enviadas al manicomio porque, según, no podían hacerse cargo de sí mismas, de un señor que fue a entregar a su hijo a la policía por ser un chico malo e ingobernable, para que lo metieran en una cosa llamada la Casa de Refugio, hasta los veintiún años. Curioso, entre tanto loco y tanto ingobernable hay unas y hay otros que no tienen derecho a serlo, ahí hay algo importante, alcanzaba a verlo; luego, ¿antes?,
hubo desfiles, improvisados, que se encontraban en las calles y a veces se unían en una misma dirección y a veces se apretaban de un lado de la calle y seguían cada uno en la que venían; y una procesión de gente: está caminando otra vez fuera del viejo cuadrante, va acompañado, pero de quién, va con más gente, pero no la mira, mira sus pies enlodados; y luego las luces de la ciudad, que ya no se veían, reaparecen, más precarias, en chozas hechizas y tenderetes donde se vende comida y alcohol a quien tenga con qué, hasta a los capturados, había fogatas y tambores. Tambores. Los que había oído antes. Los encontró. Tambores largos, tambores altos, tamborcitos, haciendo un escándalo formidable, un grupo de mujeres al centro agitando pañuelos, aunque mucha otra gente, negra y blanqueada y alguna blanca pero sobre todo negra, bailaba también, no una quadrille, no una polka, no una mazurka, algo en otra lengua que él no conocía, una otra gramática de los güesos, nadie bailaba en pareja y nadie bailaba a solas, no eran una masa, eran múltiples personas rimando en una misma una estrofa, una stanza, como dicen los italianos: una estancia. A su lado un hombre con más acicale del propio para esa estancia miraba todo con enfado, luego lo miró a él como diciendo Por supuesto, y luego dijo, bien clarito, como si al decirlo se parara en un cajón por encima de los demás:
–La canaille.
Y se largó. La canaille. Ahí estaba. La estancia no era un lugar. Eran ellos. Era él.
Y hubo un extravío por el pantano, en el que sólo oía sus pasos chapoteando y sonidos para los que no tenía palabras, ¿de pájaros, de reptiles, de plantas, de agua?, nada estaba quieto; hasta que salió a una parte más sólida y siguió caminando y se topó con la pelea de osos.
No estaba ahí ninguno de los suyos. Se alejó tan rápido como pudo, con la sensación de que estaba viviendo algo que no tenía derecho a estar viviendo, los rugidos y el martirio de los osos, pero también el portento de los tambores, pero también el pantano de esos días confusos y el pantano-pantano entre sus pies, pero la trompeta como una espiga de viento en el café, pero el burdel, pero los pianos, pero el ruido, ese ruido insoportable martillándole el cránio, que al entrar al viejo cuadrante lo hizo desconocerlo, todo era fragor de fiesta, todo era ajeno, giró en una calle, no la reconoció, giró en dos más, no las reconoció, caminó en línea recta varias cuadras, se metió por un callejón que, de pronto supo, no era un callejón, sino el pasillo de una casa, que llevaba al silencio, y al reposo, de un patio interior.
En ese patio no había sillas. Había una, pero esquinada modositamente en un rincón, casi escondida entre enredaderas que subían tres pisos, comentando más que acosando las paredes, macetas floreadas como si no fuera diciembre, todo vivo pero sutil y callado, una como utopía del pantano.
Oyó pasos en alguna parte de la casa. Se devolvió al pasillo; dos hombres bajaron por la escalera que daba directamente a la calle, no lo vieron.
Salió de la casa sin cerrar la puerta.
*Fragmento de la novela homónima publicada por editorial Periférica en 2022.